NARRATIVA INFANTIL(ista) e infanticida y la narrativa para niños y adolescentes en Cuba

Entre el 21 y el 23 de noviembre de 1988, tuvo lugar en el salón Solidaridad del Hotel Habana Libre, el Primer Coloquio Internacional de Literatura Infantil y Juvenil Cubana. El evento fue organizado por la Asociación de Escritores (sección de Literatura Infantil) de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Las ponencias presentadas en este Coloquio, fueron recogidas en la revista sobre literatura infantil En julio como en enero, que circuló en mayo de 1989. De este grupo, reproduzco a continuación la investigación realizada por Salvador Redonet (1946-1999): Narrativa infantil(ista) e infanticida y la narrativa para niños y adolescentes en Cuba, cuyo texto sigue siendo de interés para cualquier investigador o amante de esta modalidad literaria. Aprovecho la ocasión, además, para rendirle tributo a ese noble amigo que fue Redonet, por acompañarnos (con su calidez, humildad y sensatez) a través de la tupida selva de letras, mañas y mafias.  

NARRATIVA INFANTIL(ista) e infanticida y la narrativa para niños y adolescentes en Cuba

SALVADOR REDONET

Primero pensé apropiarme de un título que (casi) todos conocemos bien, y lanzarme a las “Aventuras, venturas y desventuras de la narrativa para niños y adolescentes en la literatura cubana (más) reciente”; pero dos principales razones me llevaron a optar finalmente por el encabezamiento -mucho más modesto- de estas líneas. La primera: como siempre, el tiempo para la elaboración de esta ponencia, el que se asigna para su lectura (y otras lecturas) no me permitirían abarcar con el rigor debido todas las (a) desventuras de esta zona de la literatura para los no adultos; la segunda: lo que en realidad me interesa destacar en este momento es lo que de literatura y de infanticidio ha habido en la narrativa para niños de los últimos años.

Antes de seguir quisiera aclarar que:

  1.  teniendo en cuenta la aceptación casi universal del término infantil para la esfera literaria que ahora nos ocupa, presentí (y presiento) que es más justo y más exacto el apellido de infantilista (si se me permite el neologismo)(1) para aquella “literatura” proveniente de algunos “creadores”, cuyo desarrollo -al decir del Pequeño Larousse Ilustrado- se ha detenido debido a una insuficiencia endocrina; ideoestética, en este caso;
  2. esa narrativa infantilista -cuyas nocivas particularidades ideotemáticas y composicionales suelen asomarse todavía aquí y allá- no es en modo alguno una dolencia sólo de la producción literaria para niños y jóvenes, quienes -por suerte- logran diferenciar rápidamente una de otra; pues si alguien posee ese famoso detector del que hablara Hemingway en su conversación George Plimpton, son precisamente los niños y los jóvenes. (Los adultos solemos ser más incompetentes, más inconsecuentes; de reflexiones y razonamientos más dependientes; más (in) tolerantes -cuando no hay que serlo-; más inconsecuentes: ergo, sepámoslo o no, más ignorantes. Desgraciadamente.) También (y no en grado menor) el infantilismo, con otras particularidades, se pasea a lo largo y ancho de la literatura para adultos (y escrita -también esta- por “adultos”).
  3. por razones de extensión, espacio y consideración con los que tienen que soportar esta ponencia, excluyo las obras de testimonio, biografías, textos de divulgación científica y algunas obras simbióticas no logradas, inefectivas, que no llegan a ser -y no precisamente por simbióticas- ni una cosa ni la otra (y por ello también, infanticidas).

Hace poco me atreví a especular(2) que a partir de 1983 se producía un giro en la cuentística cubana, y que -aunque los eventos, como los llamamos a reuniones como ésta, no son generadoras de Literatura- el Coloquio sobre Literatura Cubana celebrado en 1981 constituyó, por miles de razones que ahora no vienen al caso, un momento clave de nuestra producción literaria más reciente.

Sé -y esto sí quiero repetirlo- que al señalar una determinada fecha como momento de giro, caigo en la trampa de la relatividad, y casi del error; pues es abismal la diferencia entre el momento de elaboración y culminación de una obra y el de su publicación; también entre el momento de una premiación y el de la publicación de un libro. En el caso de la narrativa para niños la diferencia no es abismal: es cósmica (se salvan de esto los premiados en los Talleres Literarios que tienen la suerte de ver al año publicado sus textos). Permítanme varios ejemplos en progresión aritmética: Los cuentos de Compay Grillo es premiado en 1973 (se publica en 1975): Cuentos de cuando La Habana era chiquita, premiado en 1979, se imprime en 1984; Tía Julita, premiada en 1982, ve la luz en 1987; y Kele Kele estuvo dándole vueltas al mundo de las editoriales no sé qué tiempo.

Rodríguez, Antonio OrlandoAbuelita Milagro. La Habana: Gente Nueva, 1977 

Quisiera subrayar esto, porque de seguir así el defasaje, lo entregado a las editoriales en 1990 lo leeremos en el 2000, con lo cual en un coloquio -como éste, digamos- uno está obligado a partir de lo que ya debería ser historia, y la historia y la crítica literarias se volverían acercamientos sospechosos a la literatura, como éste que vengo haciendo ahora, pues sólo buceando en las editoriales puede tener uno razón de cuál es el verdadero estado actual de la literatura (y en especial de la de los niños y jóvenes).

Sé que se puede explicar el defasaje con los argumentos de impresión, ilustraciones, etcétera; pero no dejan de ser problemas, como lo es el de la misma periodización.

Años más (años menos) la periodización -momentánea- de la cuentística cubana puede ser ésta: 1959-1965 (Búsquedas y Reiteraciones); 1966-1970 (Quinquenio de Oro); 1971-1982 (¿La mala hora?); 1971-1975 (Quinquenio Gris); 1976-1982 (Una etapa menos gris); 1983 (Asimilación y Renuevo). Momentánea, dije. Habría que agregar: de la cuentística cubana para adultos.

En lo concerniente a la periodización de la literatura para niños y adolescentes, en el ya mencionado Coloquio de Literatura Cubana, Joel Franz Rosell(3) proponía:

  • un primer periodo que abarcara desde 1959 hasta 1971 con 2 etapas, cuya línea divisoria no podía, decía él entonces, (no sé si ya lo logró) precisar; pero que oscilaba entre 1964 y 1966,
  • y un segundo período que iba desde 1972 hasta la fecha del evento.

El porqué de la fecha de arranque no hay que argumentarlo (pienso yo), y la fecha de inicio del segundo período propuesto, como todos sabemos, está determinada por el estímulo qu recibía esta zona de creación literaria con el I Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971, la creación del Grupo Asesor Permanente de Literatura Infantil y Juvenil, el I Forum Nacional sobre Literatura Infantil y Juvenil en 1972, la inclusión de géneros de esta categoría en los concursos literarios y el establecimiento del Concurso “La Edad de Oro”.                

José Antonio Gutiérrez, por su parte, nos propone (sobre esto conversábamos en los días pre coloquiales), con más argumentos, una lectura atenta de la bibliografía activa y pasiva y sus estudios sobre la literatura para niños, cinco etapas:

  1. 1959-1965: formativa;
  2. 1966-1972: de diversificación temática y genérica;
  3. 1973-1979: de especialización;
  4. 1980-1986: de consolidación;
  5. 1987          : de universalización.

Vamos por partes:  

Cierta coincidencia hay entre las dos primeras etapas propuestas por los dos investigadores, y entre ellos y las dos de cuentística cubana para adultos; con la diferencia de que el segundo estudioso advierte diversificación temática y genérica en un momento en que la cuentística para los ya desarrollados experimenta el momento climático más alto en la producción literaria más reciente.

En general, sin embargo, si exceptuamos en la primera etapa las Aventuras de Guille, de Dora Alonso; Niños de Vietnam, de Félix Pita Rodríguez; Memorias de una cubanita que nació con el siglo, de Renée Méndez Capote, y en la segunda, la publicación de textos de calidad en Pionero(4) y cuentos de David García Gonce, la narrativa para niños y adolescentes se halla entre 1965 y 1971 en desventaja, si se nos ocurre -por puro hobby- compararla con la de adultos, que cuenta con textos de algunos autores que también escriben para niños, y además, con Piñera, Arenal, Jesús Díaz, Heras, Norberto Fuentes, entre otros.

La comparación y hasta la explicación -en otro momento- de los porqué se hacen necesariaspues muy pocas veces (por no decir ninguna) al abordar la narrativa para niños (y en general, la literatura para estos y los adolescentes) se le suele integrar plenamente dentro de la literatura general nacional; se le estudia de un modo bastante aislado; lo que convierte a esa serie -como la llama José Antonio Gutiérrez en sus estudios- en una especie de islote muchas veces menospreciado por más de uno, aunque no lo confiesen claramente.

A los rasgos apuntados entonces por Joel:

  1. el predominio de la intención política sobre otros fines didácticos que llega incluso, en muchos casos, a determinar los traos de ficción;
  2. la preocupación por los temas cotidianos aunque con un estilo realista en exceso;
  3. la ausencia de sublimación de la prosa a través de lo poético;(5)

quisiera añadir que -salvo excepciones- en los años que van de 1959 a 1971 muchos textos y libros para niños ganan en intensidad testimonial o instructiva, pero se quedan pegados a sus asuntos (en el sentido cotidiano y en el literario de la frase) y no logran trascendencia temática; de lo cual adolescerá -pocos años más tarde- en general la Narrativa Cubana.

El estímulo que recibe la literatura para niños a principios de los años setenta nos traerá de todo: para el bien (y para el mal) de todos. Para no exagerar vayamos nuevamente por partes.

No es que entre 1971 y 1974 no existan buenos libros: los hay; y también los hay leíbles. A veces dentro de un libro leíble aparecen textos mediocres. También los hay que ni con el argumento que han sido escritos para recién nacidos resistirían la prueba. No sé mucho de eso: probablemente hagan falta determinados textos (tal vez de ficción) para niños, según edades. Pero estoy de acuerdo con Froilán Escobar cuando en la entrevista publicada en Granma este lunes(6) criticaba, con razón, el criterio “bastante absurdo como lo fue pensar que La Edad de Oro era para niños bachilleres…”. 

No hay que darle vueltas: en esos años (y no digo que haya desaparecido totalmente), hay mucha literaturita, tan consecuente, que en ella se vuelve rasgo dominante la diminutivización absurda, innecesaria.

Tómese un ejemplo casi al azar: el cuento se llama “Patadita” (Cito sólo un fragmento):

Mansito sintió lástima y trotó presuroso hasta donde había caído Patadita y le preguntó cariñosamente:

-¡Pobre hermanito! ¿Te has hecho mucho daño? A ver, déjame ayudarte. Patadita, llorando amargamente [¡Por supuesto!] le contestó:

-Me he lastimado una patica; pero por supuesto me duelen las cuatro. 

 Invito a algún interesado a computar (y ello es moda hoy) los diminutivos -sufijos mediante- utilizados por Cardoso en sus relatos: en La lechuza ambiciosa, que no es el mejor, 32; en Caballito blanco, donde sí vienen al caso, 49; pero 17 en El cangrejito volador; 16 en El canto de la cigarra; 10 en Carapacho y el río; 8 en Dos ranas y una flor; 6 en La serpenta; y 3 en Pájaro, Murciélago y Ratón. (Se trata, no casualmente, del Cuentero Mayor).

Si a la diminutivización dominante en esos años (que ya significa ñoñería lexical), se suma el lenguaje infantilista, pobre y no funcional (puede ser funcionalmente ingenuo; pero no era el caso), un zoologismo desbordante e incongruente que más bien resulta un baile de malos disfraces, y no caracterizaciones convincentes (lo que sí -con otros propósitos, ya se sabe- puede lograr Super Ratón, que se derrota en el plano ideoestético no sólo con las buenas intenciones); si se suma, además, la ausencia de dinamismo de los personajes (algunos llegan a ser terriblemente aburridos: he sometido a algunos niños a la experiencia de la lectura de algunos textos y no me he librado aún del cargo de conciencia); si a todo lo anterior se suma la fantasía acartonada y las imperdonables incongruencias situacionales y de caracterización, es evidente que el resultado no es precisamente literatura para niños (ni para adultos).

Otro ejemplo de un relato, también escogido al azar. El título es sugestivo: ¿Quién le pone el cascabel al gato? En este cuento los ratones se reúnen en asamblea, pues han decidido poner fin a los continuos ataques del gato. Marco, un ratoncito soñador, es practicamente lanzado a la misión y era la única esperanza.

El narrador en tercera persona, pero asumiendo la conciencia colectiva de la asamblea, valora la posible pérdida de Marco:

Nada se perdería -razona la voz narrativa-, “en el peor de los casos, un ratoncito soñador que se atrevía a rebelarse contra lo que para todos era el destino fatal de los ratones: morir entre los dientes de un gato o bajo el cepo de una ratonera”.

El autor parece percibir la incongruencia y busca una solución moralejiana, didáctica, instructiva: Marco se transforma en hombre: “Un hombre puede hacer lo que no puede un ratón, y Marco, convertido en hombre, fue en busca del gato y le puso el cascabel”.

Cada uno saque sus conclusiones.

Si sumamos todas esas desventuras del cuento para niños, se verá por qué son pocos los libros que, pienso yo, han de salvarse del Juicio Final, y por qué entre ellos (los salvables) es justo destacar Los cuentos de Compay Grillo (1973), de Anisia Miranda y Las viejitas de las sombrillas (1972), de Manuel Cofiño.

Por cierto, la textura realisto-mágica del relato del autor de Cuando la sangre se parece al fuego no impide que su relato para niños resulte emparentado con otro, no precisamente para niños, de Eliseo Diego: De las hermanas. Si las viejitas de Eliseo son tres y las de Cofiño son siete, en los dos casos viven en una casita pintada de blanco. Las de Eliseo -al extremo del pueblo; las de Cofiño -en el bosque.

Desde el inicio del relato de Cofiño sabemos que las siete viejitas desaparecieron, y se asiste -a lo largo de la secuencia narrativa- a la caracterización de estas mágicas hermanas, cuya historiaqueda envuelta en la sospechosa nube formada por la reiteración de Dicen que [...]. En el relato de Eliseo, mientras tanto, la ternura de las tres viejecitas dulcemente locas va convirtiéndose en suspense policial, y a la vez en inexorables leyes del destino, de la vida y la muerte; porque el lector, al final del relato, está obligado a sospechar que ellas no sólo tienen la ilusión de que son las Tres Parcas: en el último párrafo aparecerá la nube de marras generada por el mismo verbo (sólo que en un tiempo gramatical diferente), y se producirá la mágica desaparición:

Después dijeron que las viejecitas, en su locura, habían envenenado el café. Pero se mudaron a otro pueblo antes de que empezasen las sospechas y no hubo modo de encontrarlas.  

Escritos en momentos diferentes y para públicos diferentes, los dos relatos dejan el recuerdo de la Literatura con mayúscula; esa que nos ofreció, en el mismo Quinquenio Gris, los textos para adultos de Rafael Solar y un libro inolvidable (para niños y adultos): Caballito blanco (1974), de Onelio Jorge Cardoso. 

Cuentos de sol y de luna y Libros de los oficios y los juguetes, de Enid Vian; El cochero azul, de Dora Alonso; Siffig y el Vramontono 45-A, que inaugura la ciencia ficción para niños, de Antonio Orlando Rodríguez; Serafín y su aventura con los caballitos, de Mirta Yáñez y Cuentan que Penélope, de Alberto Yáñez. ..

No es necesario continuar (y aburrirlos) con una larga lista: esta sola relación permite afirmar que en la segunda mitad de los setenta, la literatura para niños y adolescentes es mucho más madura en comparación no sólo con la producida en la primera mitad, sino también con la cuentística para adultos de toda ¿”La mala hora”?, cuyos rasgos dominantes eran mimetismo, tendencia explícita y didactiquera, sinconflictivismo, reiteraciones, personajes maniqueos y textos, por tanto, totalmente esteriotipados y desvitalizados.

Es cierto que todavía en estos años la literatura para niños y adolescentes comparte con la literatura para adultos un grave pecado: la adjetivación, y, en general, el tropologismo impuesto (no funcional) al discurso narrativo: en muchos textos se advierte el malabarismo metafórico de la ambientación o la caracterización. Se siente, a todas luces (y sin luz alguna), que el autor trata a toda costa de poetizar, metaforizar, engalanar sus textos.

Es también este el momento e que se produce un avance cuantitativo de la noveleta para niños y adolescentes. Subrayo cuantitativo, pues a pesar de los logros parciales de Nosotros los felices, de Omar González, y la originalidad con que Giordano Rodríguez mezcla leyenda, historia y ciencia ficción en De Tulán… la lejana, y la fluidez argumental de El enigma de los esterlines, de Antonio Benítez Rojo, esta modalidad épica no logra (no ha logrado aún) afianzarse con la efectividad necesaria.

En general, en los libros para niños de estos años son menos frecuentes aquellos pecados -ya enumerados- de los primeros tiempos. El interés ahora será l rescate de un verosímil universo poético y fantástico, y -sobre todo- devolverle a la narrativa para los pequeños la vitalidad imaginativa (y por tanto emocional) que había, en gran medida, perdido. Además, en los tiempos más recientes los contextos, la ambientación, dejan de ser acartonadas maquetas y se convierten en sustancia imprescindible para la existencia y motivación de los personajes que vuelven a ser verosímiles (como Diosa Literatura, exige).

Como Diosa Literatura exige están escritos los Cuentos de Guane, de Nersys Felipe. He ahí la razón por la cual constituye un clásico de nuestra literatura para niños (y adultos). Un clásico: por su peculiar estructura de viaje, el desenfado del sujet (que implica no temer a la complejidad argumental en la literatura para niños como recordaba, con toda razón, Makarenko): la evocación interrumpida por retrospectivas; introducción de personajes secundarios (hasta cierto punto), pues no obstante el carácter ordenador y vigente de la voz narrativa, todos los que intervienen en Cuentos de Guane se suman al coro de un personaje colectivo principal; la complejidad temporal: la agilidad del diálogo y la novedad temática. Pero un clásico, sobre todo, por el efecto emocional (de esos que se agradecen) que deja toda buena literatura a partir de esa rara combinación del talento, vitalidad, honestidad, sinceridad, y -¿por qué no decirlo?- autenticidad (y no sólo de estilo). Autenticidad -dije- no mojigatería. Un clásico, en fin, no superado por el Román Elé, de la propia Nersys. 

En los últimos años (desde 1982 hasta la fecha), de los cuales resulta difícil extraer conclusiones, por lo dicho ya en algún momento (atrasos editoriales; dificultades; tiempo lento, lentísimo, del proceso de ilustración; subdesarrollo y otras etcéteras que no son temas de esta ponencia) existe una gran (mayor) variedad temática; y es evidente: la mayor preocupación de los autores por la textura verbal de su discurso narrativo, las búsquedas estructuales y de procedimientos expresivos, como lo confirma el número uno de la Revista Unión de 1987 dedicada a esta literatura.  Sólo quisiera -casi lo rogaría- que en este momento no se dieran ni los apresuramientos por aparecer en blanco y negro, que suele conducir, en ocasiones, a textos que hubieran podido llegar a ser y que no lo son, por descuidos del lenguaje, por cierta ñoñería, de la cual no acabamos de librarlos (tanto en esta literatura, como en la de adultos), ni ese -digamos- olvido de lo que representa escribir para los niños (y para los adultos), que se produce -entre otras cosas- cuando la creación artística se hace pensando en otros fines, y eso sucede (aunque no sea siempre demostrable). Desgraciadamente.

Pero por suerte siempre quedan las agradables sorpresas. Y al menos para mí -cuando aceleradamente, con vistas a este coloquio, releía cuentos infantiles, infantilistas y para niños- lo fueron en este año:

  1.  En primer lugar, Tía Julita, de Luis Cabrera, que nos hace volver -creadoramente- al ralismo mágico de Las viejitas…, de Cofiño, al desenfado estructural de Cuentos de Guane, al contraste de la unidad y diversidad en sus dieciocho secciones guiadas porlas comparaciones iniciales que hacen los niños de su tía, de la cual se desprende un sano y efectivo didactismo (crítico por más señas), ingenioso y fantástico (recuérdese la historia de la Villa de “El Botellón”, o la llegada del grupo de “gitanos” a la ciudad del Parque de los Locos);
  2. Escritos para Osmani, de Alberto Serret, que -si me lo permiten- llamaría impresionantemente así: un lindo libro, armado con los diálogos del narrador con Osmani (como interlocutor ausente), de cuadros de familias, leyendas, cartas al interlocutor, historia, reflexiones -saint-exuperianas- sobre la condición y la naturaleza, humanas, con la finalidad de ayudar “a vislumbrar ese otro mundo de luces multicolores que hay siempre un poco más allá”.
  3. la recreación de Los chichiricú del charco de la Jícara, de Julia Calzadilla, cuyo libro ha sido reciente y extensamente valorado por Antonio Orlando Rodríguez;
  4. el desbordamiento fantástico de La Marcolina, de Ivette Vian; en especial el cuento que da título al libro, en el cual se borran con habilidad artística e ingeniosidad las fronteras -¿existirán?- entre la fantasía y la realidad;
  5. Kele Kele, de Excilia Saldaña -heredera de las enseñanzas de Fernando Ortiz, de los textos de Lydia Cabrera, del Barnet de Akeké y la jutía- mas con la elaboración poética (sobre todo en el plano fonético), con lo cual todo el libro navega entre la prosa y el verso;
  6. El planeta azul, de Luis Manuel García Méndez, simbiosis de ciencia y ficción, donde la divulgación de lo conceptual, lo lógico, no aplasta la imagen artística;
  7. los nuevos textos de Eddy Díaz Souza, quien ha ganado merecidamente numerosos premios municipales, provinciales y nacionales. Fuera de paréntesis: digo merecidamente, porque -cacofonías aparte- desgraciadamente a veces los premios (y no estoy pensando sólo, ni precisamente, de los Talleres Literarios, de donde también se ha nutrido una parte de nuestra literatura más reciente) resultan castigo, inmisericorde penitencia, para el lector, quien por suerte va dejando de ser cada vez más cómplice ingenuo de infanticidas (y adulticidas). La (re)lectura de los cuentos de Díaz Souza me hicieron pensar que nuestra investigación de la literatura para niños también debe dedicarse al estudio de la poética implícita de los narradores. Cosas curiosas se descubren: en el caso de los textos de Eddy no sólo el carácter certero, adecuado y convincente de sus tropos, y su sentido del ritmo, que refuerza la naturaleza poética de la prosa; sino también, y sobre todo, las simetrías isotópicas en diferentes relatos, el predominio y la recurrencia de determinados colores o lugares que adquieren una carga simbólica (véase, si no, la reiterada -y funcional- utilización del blanco, del negro y del estanque en Cuentos de abuela y Papá y yo).      

Quisiera terminar con un autoplagio -pues son ideas (textuales a veces) ya expresadas en otras ocasiones- y un homenaje a quien hiciera cristalizar de manera estéticamente efectiva temas de gran profundidad, trascendencia y universalidad, y los puso en manos de niños, adolescentes y adultos.  

¿Quién no recuerda:

  1. el canto a la insistencia, la persistencia y el ansia de conocer, en Los tres pichones;
  2. el llamado al trabajo voluntario y creador de El cangrejo volador;
  3. la victoria sobre costumbres ya oxidadas mediante el contacto con la naturaleza y venciendo temores infudados en Caballito blanco;
  4. la exaltación de la sabiduría puesta al servicio del bien en La serpenta;
  5. el esfuerzo unificado que no desdeña la función del arte en El canto de la cigarra;
  6. el canto a la libertad, la procreación, el amor y la belleza de Carapacha y el río, Negrita y Dos ranas y una flor;
  7. y hasta algo no menos complejo como es la búsqueda de la identidad, en medio de la soledad, y teniendo que vérselas con el formalismo, la hipocresía y el oportunismo, hasta que uno (murciélago, al fin) va a dar -amargas experiencias aparte- con la esencia de su personalidad, y la de los hombres, pájaros o ratones con los que les toca -por suerte y por desgracia- tropezar?  

Decía Michael Tournier que “Grimm, Andersen, Perrault, La Fountaine, Lewis Carroll, Saint-Exupéry no se dirigían en modo alguno a un público infantil. Mas, como tenían genio, escribían tan bien, tan limpidamente, tan brevemente -calidad tan rara y tan difícil de alcanzar- que todo el mundo podía leerlos, incluso los niños“.

Vale invertir los términos: un cuent o un buen libro para niños es genial, cuando puede ser leído incluso por los adultos. Lo prueban La Edad de Oro de José Martí y Caballito blanco de Onelio Jorge Cardoso, a cuyos cuentos para niños acabo de referirme; y vienen a apoyar aquella afirmación muchos de los textos a que he hecho alusión a lo largo de esta ponencia (siempre habrá alguno que no he mencionado).

Para tratar de ser justo, en muchos otros libros -editados- se pueden encontrar textos que también se sumarían a esa relación. Pero: 1) la enumeración ya de por sí larga se haría más tediosa, y 2) en algunos de esos libros en ocasiones se mezclan textos para niños con otros infantiles. Y ese análisis requeriría mayor extensión, más paciencia por parte de ustedes; o mejor aún, otro ponente que quiera seguir hablando de la literatura para niños y adolescentes, de la cual se ha dicho mucho en estos días. Yo, por mi parte, y por ahora, prefiero coincidir con tía Julita:

Cuando todo el mundo habla de una cosa, generalmente no vale la pena. Generalmente.

Notas

(1) En realidad no es tanta la novedad: Lenin utiliza con exactitud el sustantivo en un clásico que no viene mal (re) leer: Acerca del infantilismo izquierdista y del espíritu pequeño-burgués (Hay múltiples ediciones).

(2) “Entre paréntesis (1983-1987)” en La Gaceta de Cuba, Marzo, 1988, p. 2-5.

(3) “Apuntes para una periodización de la literatura cubana para niños y además, adolescentes” en: Ponencias del I Coloquio sobre Literatura Cubana, 22-24 de noviembre, La Habana, 1981, p. 469-488.

(4) La labor de esta publicación periódica la destaca con razón, José Antonio Gutiérrez en su ponencia de este coloquio.

(5) Idem (nota 4) p. 474 y 475.

(6) 21 de noviembre de 1988.      

 

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