LA SERPIENTE que se muerde la cola:

 LIBROS, LECTORES Y ESCRITORES EN LOS LIBROS PARA NIÑOS

Joel Franz Rosell

Joel Franz Rosell

 

Por Joel Franz Rosell 

 

La lectura: esa felicidad tan accesible

Jorge Luis Borges

 

Yo me veo jugando contigo. Y para hacerte aprender con gozo, ya te hago bonetillo de maestro, y te monto espejuelos en tu risueña nariz, y te siento en la altísima silla, para que te acostumbres a ser en todo alto. ¡Ea, a escribir! Pero si alguna vez has de mover la pluma en defensa de alguna injusticia, o en servicio de tu ambición, o de algún malvado-  séquese ahora mismo tu manecita blanca y quédese tu pluma sobre el papel convertida en piedra, y vuele de tus labios, como una mariposa avergonzada la palabra de vida.

José Martí, en carta a su hijo

 

 

Leer es andar, escribir es ascender[1]

Los libros nos cambian la vida. A los buenos lectores, por lo menos, y a los escritores, por supuesto, ya que los libros son una parte esencial de sus vidas. Todo libro es una aventura porque todo libro es la aventura de leer. Para los niños, la lectura empieza siendo un reto vital e intelectual: descubrir y conquistar cada letra, cada palabra; apoderarse del sentido de la frase, dominar esas criaturas levantiscas que son las metáforas, aprehender los mundos creados a puro verso y prosa.

Los libros nos franquean mundos ignotos, inalcanzables e incluso imposibles. El gran novelista cubano José Lezama Lima, que adquirió una impresionante cultura universal sin casi salir de La Habana, dio una excelente definición de lo que es un lector al declararse “viajero inmóvil”. Otro titán de la lectura (pese a su ceguera), el argentino universal Jorge Luis Borges, dijo que los libros nos permiten recordar cosas que no hemos vivido.

En su esencial libro Las palabras, el escritor y filósofo francés Jean–Paul Sartre cuenta su descubrimiento de los libros: 

Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros. En el despacho de mi abuelo había libros por todas partes (…) Yo los tocaba a escondidas para honrar mis manos con su polvo, pero no sabía qué hacer con ellos y asistía cada día a unas ceremonias cuyo sentido se me escapaba (…) Aún no sabía leer, pero ya era lo bastante snob como para exigir mis libros. Mi abuelo fue a ver al pícaro de su editor e hizo que diesen Los Cuentos, del poeta Maurice Bouchor, relatos sacados del folklore y transcritos para el gusto de los niños por un hombre que, según decía, había guardado los ojos de niño. Yo quise empezar enseguida las ceremonias de aprobación. Cogí los dos pequeños volúmenes, los olí, los palpé, los abrí descuidadamente por “la página correcta” haciendo que crujiesen. Era en vano: no tenía el sentimiento de poseerlos. Sin lograr mayor éxito, intenté tratarlos como muñecas, los mecí, los besé, les pegué. A punto de echarme a llorar, acabé poniéndoselos en las rodillas a mi madre. Ella levantó la vista de su labor “¿Qué quieres que te lea, queridito? ¿Las Hadas?” Yo pregunté incrédulo: “¿Están ahí dentro las hadas?” Esta historia me resultaba familiar; mi madre me la contaba muchas veces, cuando me arreglaba, interrumpiéndose para friccionarme con agua de Colonia, para recoger, debajo de la bañera, el jabón que se le había escapado de las manos, y yo escuchaba distraídamente el relato tan conocido (…) me hizo sentar frente a ella en mi sillita; se inclinó, bajó los párpados, se durmió. De esa cara de estatua salió una voz de yeso. Yo perdí la cabeza: ¿Quién contaba, qué y a quién? Mi madre se había ido: ni una sonrisa, ni un suspiro de connivencia, yo estaba exiliado. Y además no reconocía su lenguaje. ¿De dónde sacaba esa seguridad? Al cabo de un instante había entendido: el que hablaba era el libro.

Las palabras, pp. 28-31

 

Un testimonio y una convicción no menos vigorosos sostienen La emoción más antigua, de Graciela Cabal. En esa obra ensayística, que podemos situar entre los textos más elocuentes que sobre el tema se hayan publicado en nuestra lengua, la popular autora argentina hace uso de su estilo ingenioso y brillante para levantar un monumento de palabras a los libros, la lectura y los lectores: 

… Hablo de los lectores adictos, de los que leen lápiz en mano, como le gusta a Steiner, dialogando con el autor; de los que jamás salen sin un libro en la mano, por cualquier cosa; de los que compran libros que, intuyen, nunca van a llegar a leer; de los que están deseando volver a casa para arrebujarse dentro del libro que están leyendo; de los que repasan la historia de su propia vida a través de las marcas que fueron dejando en sus libros; de los que acarician los libros y los olfatean y duermen con ellos debajo de la almohada; de los que abren un libro al azar para encontrar la respuesta a alguna pregunta, el consuelo a algún dolor; de los que retrasan la lectura de las últimas páginas para alargar el placer; de los que cuando terminan un bello libro se preguntan: “¿Y ahora, qué va a ser de mi?”.

(…) leer alarga la vida. Y eso no sólo referido a la posibilidad de vivir vidas ajenas, de agregar un cuarto a la casa de la vida, como decía Bioy Casares, de hacer cosas que jamás haríamos en la existencia común y corriente –subir a las estrellas, bajar al fondo del mar, desenterrar tesoros en islas desiertas–, no. Hablo de vivir más tiempo, literalmente hablando.

 La emoción más antigua, pp. 9-10

Alicia en el País de las Maravillas es probablemente el más famoso de los libros infantiles; uno de los pocos que los adultos muy ufanos de su edad y su cultura se permiten citar sin enrojecer y sin temor a un eventual ridículo. Lewis Carroll no desarrolla explícitamente el tema de los libros, la lectura o la lectura literaria en esa novela, pero ¿acaso no es una demoledora crítica de los libros que se daba por entonces a los niños, esta primera frase?:

Alicia comenzaba a cansarse de estar sentada en la pradera junto a su hermana, sin tener nada que hacer. De vez en cuando echaba una ojeada al libro que leía su hermana, pero no tenía ilustraciones ni diálogo… “¿y de qué sirve un libro –se preguntaba Alicia– que no tiene ni dibujos ni conversación?”

 

Alicia en el País de las Maravillas, capítulo I

 

Inmediatamente, la curiosa chiquilla (no olvidemos que en inglés, País de las Maravillas se dice Wonderland, y que el verbo wonder, también significa preguntarse) parte en la trepidante aventura que, de manera implícita responde a la pregunta de la protagonista. Al final se nos dice que no hemos leído sino un sueño de Alicia, pero, aparte de que ningún buen lector le cree esa mentira al narrador, ¿acaso soñar no es también leer (lo que se tiene en el subconsciente) y en algunos casos escribir (lo que la imaginación produce)? Tampoco olvidemos el poema que lleva el libro como pórtico y que nos presenta la escena en la que el propio Carroll, paseando en bote con las hermanas Liddel, inventa para ellas –y muy especialmente para la Alicia real, que era la más pequeña de las tres– un cuento que se transformaría en el más fascinante de los libros.

 

Del poder de los cuentos… 

 

Hans Christian Andersen es uno de los autores que más frecuentemente utilizó sus experiencias y concepciones estéticas como materia para sus cuentos, relatos, historietas y otras prosas (donde los límites entre literatura para chicos y para adultos se confunden tanto como los de ensayo y ficción). Entre otros textos pueden mencionarse “Pluma y tintero”, donde los instrumentos del título se disputan la autoría de cuanto escribe su propietario. Los pretenciosos objetos no se percatan de su estupidez ni siquiera cuando el escritor los utiliza para redactar un cuento en el que el arco y el violín de un músico se disputan de manera semejante la gloria del artista que, concluye el romántico e idealista Andersen, no corresponde sino a “Nuestro señor”,  el “maestro eterno”.

 

Hans Christian Andersen

En “El libro de imágenes de Padrino”, Andersen no hace una nueva parábola con sus concepciones estéticas sino que narra el recuerdo de una de las tantas ocasiones en que divirtió a sus amigos, niños o adultos, con su talento de narrador oral e artista manual:

 

Padrino sabía contar historias, tan numerosas como largas. Sabía recortar imágenes y, cuando se aproximaba la Navidad, sacaba un cuaderno de páginas intactas sobre las cuales pegaba las imágenes que sacaba de libros y diarios. Si no tenía bastantes para lo que quería contar, las dibujaba él mismo (…)

 

“Hay que conservar muy bien este libro, dijeron Padre y Madre. Solo hay que sacarlo en las grandes ocasiones”.

Sin embargo, Padrino había escrito en la tapa:

No te preocupes, si este libro rompes.

Otros amiguitos han hecho cosas peores

Lo mejor era cuando Padrino en persona nos mostraba el libro, leyendo los versos y todo lo demás. Era entonces que lo escrito se convertía en una verdadera Historia…

 

Oeuvres, pp. 997-998

 

Si en el primer ejemplo, Andersen nos habla de los instrumentos y la inspiración del escritor, y en el segundo de “periféricos” como la narración oral o la ilustración artesanal, en El jardín del Edén, desata su imaginación a favor del libro y el conocimiento. Pero la más memorable de las situaciones concebida por Andersen para rendir culto a la literatura es la que culmina su cuento “La colina de los elfos”. Aquí relata que el Troll de Noruega ha viajado al reino de los elfos de Dinamarca para escoger una esposa digna de su alcurnia. La feliz elegida resulta ser la séptima de las princesas… ¿y cuál es la gracia suprema con que conquistó al poderoso personaje? Su calidad como contadora de cuentos.

 

Es la sonriente vuelta de tuerca del escritor danés al antiquísimo relato inaugural de Las mil y una noches, donde los cuentos que Scherezada narra al rey Schariar le salvan la vida a ella y a otras muchas potenciales esposas–por–una–noche del misógino soberano que, por su parte, aprende en los cuentos de la habilidosa muchacha a amar.

 

… al poder de los libros

 

Los autores del siglo XIX y principios del XX no se preocuparon por integrar a la trama la pasión de sus personajes por los libros, pero sí supieron sugerir que éstos son la puerta de acceso a los más apasionantes acontecimientos. El volumen en cuestión puede o no tener importancia, puesto que suele servir únicamente para ocultar un manuscrito -no necesariamente literario- que es el verdadero detonador de la acción, creando un clima de misterio, de prohibición, de peligro y desafío. En Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne utiliza un libro real para esconder en su interior un manuscrito tan ficticio como su autor, el alquimista Arne Saknussem, y como los protagonistas de la excursión a las entrañas del planeta.  

–Veamos –decía, haciéndose a sí mismo preguntas y respuestas–. ¿Es lo suficientemente bello? Sí, ¡es admirable! ¡Y qué encuadernación! ¿Se abre fácilmente? Sí, ya que queda abierto por cualquier página. Pero ¿se cierra bien? Sí, ya que la cubierta y las hojas forman un todo bien unido sin separarse ni entreabrirse en ningún lugar. ¡Y este lomo que no tiene ni una sola grieta después de setecientos años de existencia! ¡Ah, he aquí una encuadernación de la que se hubieran sentido orgullosos Bozerian, Closs o Purgold!

Mientras hablaba así, mi tío abría y cerraba continuamente el viejo libro. No podía yo por menos de interrogarle sobre su contenido, aunque éste no me interesase en absoluto.

–¿Y cuál  es el título de ese maravilloso volumen? –le pregunté con una diligencia demasiado entusiasta para no ser fingida.

–¡Esta obra –respondió mi tío animándose– es el Heimskringla de Snorri Sturlusson, el famoso autor islanés del siglo XII! ¡Es la crónica de los príncipes noruegos que reinaron en Islandia!

 

Viaje al centro de la Tierra, capítulo II, pp. 14-15 

 

Fiel a sus objetivos didácticos, Verne no pierde la ocasión de enseñarnos a reconocer lo que hace la calidad de un libro antiguo y nos asesta los nombres de algunas celebridades de la bibliofilia, pero también –hábil novelista– nos anticipa el carácter fabuloso de su relato al escoger como “cofre del tesoro” una de las obras fundamentales de la mitología nórdica. Simultáneamente, se orienta al lector hacia el contexto geográfico y científico que domina la obra: Islandia; el territorio más volcánico y, por entonces, más misterioso del planeta.

 

Casi veinte años más tarde, el escritor británico Robert Louis Stevenson imagina una situación parecida para dar comienzo a la más prestigiosa novela de aventuras que se haya escrito. En La isla del tesoro el volumen encontrado no es real y ni siquiera es propiamente un libro, sino el cuaderno en que lleva sus cuentas un capitán pirata. Pero también aquí hay manuscrito encerrado: el mapa –¡nada menos!– que conducirá a Jim Hawkins y sus compañeros a completar el hallazgo que todo niño soñó alguna vez.

 

Si bien no se hace mención alguna a los libros, en Peter Pan y Wendy, de James Matthew Barrie, el deseo de oír cuentos y la necesidad de conocer el final de una de esas historias es lo que lleva a Peter Pan a entrar en el cuarto de los niños de la familia Darling, con lo que se inicia una de las más inolvidables historias que se haya escrito:

 Peter Pan (cover, 1915)

…Wendy, por cierto, quedó un poco descorazonada al decirle él que se había asomado a la ventana del cuarto de los niños, no para verla, sino para oír contar cuentos.

–Yo no sé ningún cuento –confesó–. Ninguno de los niños perdidos sabe cuentos.

–Pero eso es espantoso –dijo Wendy.

–¿Sabes –preguntó Peter Pan– por qué las golondrinas edifican sus nidos en los aleros de las casas? Es para escuchar los cuentos. ¡Oh, Wendy, qué lindo cuento oí contar una noche a vuestra madre!

–¿De qué trataba?

–De un príncipe que no podía encontrar a la dama del zapatito de cristal.

–Ese cuento –dijo Wendy con emoción– era el de la Cenicienta. Y has de saber que el príncipe la encontró y se casaron y vivieron ya siempre felices.

Peter se alegró tanto de saber aquello que, levantándose del suelo, donde estaban sentados, se acercó apresuradamente a la ventana.

–¿Adónde vas? –le preguntó la niña

–A contárselo a los chicos.

–No te vayas, Peter –rogó ella–. ¡Si supieras cuántos lindos cuentos sé yo!

Éstas fueron exactamente sus palabras, de modo que es innegable que de ella partió la tentación.

Peter Pan volvió atrás y en sus ojos brilló una mirada de codicia que debía haber alarmado a la niña.

(…) Peter Pan tiró de ella hacia la ventana.

–¡Suéltame!

–Wendy, ven conmigo para contarnos a mí y a los niños perdidos esos lindos cuentos que sabes…

Peter Pan y Wendy, capítulo III, p. 42

 

Creo que nadie ha llegado tan lejos como Barrie, haciendo del deseo de contar o de escuchar un cuento (nótese la palabra “tentación”, de innegables connotaciones sexuales) la causa del abandono del hogar y el comienzo de una fantástica aventura. En Harún y el Mar de las Historias Salman Rushdie invierte la situación, puesto que a donde viajamos con el héroe de la novela es al mágico país de donde han dejado de venir los cuentos al mundo real:

 

Harún solía comparar a su padre con un malabarista, porque en realidad sus cuentos estaban hechos de retazos de historias diferentes que él manejaba a su antojo y mantenía en constante movimiento, como el que juega con muchas pelotas a la vez, sin equivocarse nunca.

¿De dónde venían todos aquellos cuentos? Parecía que Rasid no tenía más que abrir sus labios reidores, gruesos y rojos, para que por ellos saliera un nuevo relato en el que no faltaban sus dosis de brujería y de amor, princesas, tíos malvados, tías gruesas, gangsters bigotudos con pantalones a cuadros amarillos, paisajes fantásticos, cobardes, héroes, peleas, y media docena de pegadizas tonadillas. “Todas las cosas tienen que salir de algún sitio –cavilaba Harún– (…) Vamos, dime ya, ¿de dónde las sacas? –insistía, y Rasid movía las cejas con aire de misterio y agitaba los dedos con ademán de bruja.

–Del gran Mar de las Historias –contestaba–. Yo bebo las cálidas Aguas de las Historias y me siento lleno de inspiración…

 

Harún y el Mar de las Historias; pp. 8-10

 

Tanto Rushdie como Michael Ende en La historia interminable creen en el poder vivificante y aún rehabilitador de la literatura. Sus héroes no se escapan del mundo real –por frustrante que éste sea y por bella que sea la historia– sólo por placer; ellos parten porque sin su intervención los seres que aman (podría decir “la humanidad”, pero no quiero ser más solemne que mis autores) perderían la panacea de la palabra hechizada. Los protagonistas de los dos libros, Harún y Bastián, deberán pasar por encima de sí mismos y de numerosas dificultades para convertirse en héroes de sus respectivas historias. Es una manera indirecta que tienen los escritores de decirnos que la lectura no es necesariamente algo fácil y sencillo, pero que siempre vale la pena.

 

Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, puede explicar realmente por qué. Otros se arruinan para conquistar el corazón de una persona que no quiere saber nada de ellos. Otros se destruyen a sí mismos por no saber resistir los placeres de la mesa… o de la botella (…) Y unos pocos no descansan hasta que consiguen ser poderosos. En resumen: hay tantas pasiones distintas como hombres distintos hay.

La pasión de Bastián Baltazar Bux eran los libros.

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo esto por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.

 

La historia interminable; pp. 12-13

 

Bastián roba el libro. Su culpa es inútil puesto que en realidad el librero contaba con que él se apropiara del libro. Como en otras novelas donde los libros dan acceso a un mundo fabuloso, aquí también El Libro está predestinado a un lector concreto. 

 

Sin embargo, como para evitar la instrumentalización de la idea, algunos autores no temen mostrarnos que la atracción por un libro puede ser poco generosa e incluso ilegítima.

 

Artemis Fowl el inteligente y nada escrupuloso protagonista de la novela homónima, del irlandés Eoin Colfer, se vale de miserables trampas y mentiras –y de la tecnología informática más moderna– para apoderarse del libro de los elfos. Su objetivo no es acceder a una lectura estimulante y ni siquiera penetrar en su mágico mundo movido por sana curiosidad; su objetivo es apoderarse del oro de las Criaturas. Y para ello necesita su Libro.

 

Mayordomo asió el minúsculo tomo con gesto reverencial. El guardaespaldas activó una cámara digital compacta y empezó a fotografiar cada una de las delgadísimas páginas del Libro. El proceso tardó varios minutos. Cuando hubo terminado, la totalidad del volumen quedó almacenada en el chip de la cámara. Artemis prefería no correr riesgos con la información. Se sabía que los equipos de seguridad de los aeropuertos habían borrado más de un disco con información vital, de modo que dio instrucciones a su ayudante para que transfiriese el archivo a su teléfono móvil y desde allí lo enviase por correo electrónico a la mansión Fowl de Dublín. Antes de que acabasen los treinta minutos, el archivo que contenía hasta el último símbolo del Libro Mágico aguardaba sano y salvo en el servidor de Fowl.

 

Artemis Fowl, p. 24

 

 

En la saga Harry Potter, los libros, la lectura y la escritura literaria no tienen un lugar sobresaliente. No obstante, Joanne K. Rowling se ha propuesto burlarse en cada uno de sus libros de diversos aspectos de nuestra la realidad, caricaturizándolos a través de sus similares correspondientes al mundo de los magos. Así, en Harry Potter y la cámara secreta, hay algunas ironías respecto al mundo de los best sellers y sus mediáticos autores, en este caso el nuevo profesor de Defensa contra las fuerzas del mal, cuya popularidad entre el lectorado femenino se debe más a su apostura que a sus conocimientos. No por sutil es menos comprensible la referencia a los editores escolares que procuran ganarse a los docentes no mediante la calidad de sus textos, sino a partir de toda clase de trucos publicitarios y regalos.

 

Contrariamente a lo que podría esperarse, los libros mágicos suelen aparecer en los libros que vengo evocando como volúmenes bastante normales. Aunque suelen servir de vía de acceso al mundo mágico, por lo general su único rasgo maravilloso es que oponen alguna barrera a sus lectores (generalmente ligada a la visibilidad o legibilidad del texto). Los imaginados por Joanne Rowling solo tienen como particularidad la movibilidad de sus fotos de contratapa, pero esto ocurre a todas las imágenes en el mundo de los magos. Un aporte mucho más interesante por parte de la autora escocesa es la publicación de dos de los manuales supuestamente utilizados en el colegio Hoqwarts: Quidditch a través de los tiempos y Animales fantásticos & dónde encontrarlos), cuyos autores, editores y demás paratexto son completamente inventados y remiten al universo potteriano.

 

 

Libros cercanos

 

Pero los libros que “protagonizan” libros infantiles no solo permiten el acceso a mundos desconocidos, exóticos o mágicos, sino que tienen una función liberadora de una cotidianidad mediocre, empobrecida o esclavizadora. En Los bonsáis gigantes¸ de Lucía Baquedano, es gracias a los libros ocultados en tiempos remotos que los habitantes de una isla que pasa por única sobreviviente de la civilización humana pueden descubrir la verdad. A diferencia de los ejemplos anteriores, en esta novela es el manuscrito el que remite a los libros, y los libros son, ellos, el tesoro. En Lumamijú no hay libros, sino computadoras, y la primera vez que la protagonista los ve siente miedo:

 

Sin embargo, su apariencia no podía ser más inofensiva. Recuerdo que a su vista pensé que eran gruesos cuadernos, como los que teníamos para guardar en los archivos listas y datos de ordenador. Sin embargo, su contenido era a todas luces diferente. Me asombró abrir uno y leer:

Mujer, no eres solo obra de Dios. Los hombres te están creando eternamente en la hermosura de sus corazones y sus ansias han vestido de gala tu juventud…

No. Decididamente, aquellos no eran listados de ordenador, porque yo jamás había sentido, instalada ante la impresora, cuando iban apareciendo líneas en el papel, lo que sentía ahora, aquel remusguillo de inquietud en el corazón.

Cerré el libro. ¿Por qué me daba vergüenza que David me descubriera leyendo aquello?

Los bonsáis gigantes, p. 82

 

Como en toda novela de ciencia ficción, Los bonsáis gigantes arroja luz sobre el presente, una luz más clara gracias a la artificio de la distancia fantástica. Frases como la que sigue disimulan mal su carácter de mensaje destinados a los chicos que hoy prefieren las computadoras a los libros: “Acostumbrada a los medios audiovisuales, que apenas exigían esfuerzo, la lectura, aquel mundo nuevo, pedía mayor atención: costaba, pero resultaba fascinante.” (p. 86).

 

Que los libros cambian la vida de los personajes, es algo que demuestran, de manera patente y, si se quiere, dramática, las novelas de aventuras. Pero también el cambio puede ocurrir a personajes que viven un mundo tan banal como el de los lectores comunes.

 

El clásico de la literatura infantil La edad de oro, de José Martí, incluye “Nené traviesa”, uno de los raros textos narrativos del gran poeta y ensayista cubano, que presenta de manera sumamente elocuente y emotiva las relaciones entre un libro centenario, una niña de seis años y su padre; un bibliófilo y escritor, periodista o traductor tras el cual es fácil adivinar al propio Martí.

 

Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro muy grande: ¡oh, como pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó con el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado, y los zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo y la sacó de debajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía y quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no le habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero el viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los viejos: “Un libro bueno es lo mismo que un amigo viejo”: eso dice la muestra de escribir. Nené se acostó muy callada pensando en el libro. ¿Qué libro era aquel que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando se despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro es aquel. Ella quiere saber como está hecho por dentro un libro de cien años que no tiene barbas.

 

La edad de oro, p. 47

 

La curiosidad –dicen casi todas las mitologías– perdió a la mujer. Nené abre el valioso libro  y cree descubrir lo prohibido (…“es un negro, un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sin vestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esa hoja no se ve más, para que no se enoje su papá!”). Las ilustraciones son tan fascinantes que la niña olvida que no son la realidad y acaba rompiendo varias páginas del valioso ejemplar, un acto suficientemente grave como para quebrar el inmenso amor filial resaltado desde las primeras líneas del cuento:

 

Un siglo más tarde, la austríaca Christine Nöstlinger también apoya uno de los dos cuentos que integran Más historias de Franz en las relaciones entre los niños y los libros, pero lo hace desde una comicidad inteligente. Para Franz, igualmente de seis años, la lectura es un instrumento esencial para triunfar en la vida; por ejemplo, para deslumbrar a su amiguita Gabi:

 

–¡Lily! ¡Lily! –gritó Franz apenas entró en la casa–. ¡Tienes que ayudarme a leer rápido! ¡Ahora mismo!

–¡Tienes que enseñarme a leer! –le corrigió Lily.

–¡Sí, sí! –le contestó Franz con voz de pito–. ¡Hoy mismo tengo que aprender a leer!

–Aprender a leer quiere decir que yo te enseño y tú aprendes –continuó Lily.

–¡Quiero aprender ahora mismo! –exclamó Franz, y corrió a su cuarto.

Volvió con un montón de libros ilustrados, entró en la cocina y los puso en la mesa. ¡Tengo que saber leer antes del mediodía!

 

Más historias de Franz, p. 31

 

Lo que el pequeño pretende es saber decodificar los signos gráficos con que representamos las palabras, puesto que todo comienza cuando él y su amiga no pueden comprender un cartel en el parque. Es que cuando decimos “leer”, “aprender a leer” o “saber leer” podemos estar hablando de dos cosas bien diferentes: la capacidad elemental, pragmática e instrumental de descifrar los signos de la escritura (tarea básica escolar) y la aptitud para comprender lo descifrado ya no a nivel de fonemas, morfemas, lexemas o frases, sino a nivel de discursos complejos, tan complejos y connotativos como la literatura (tarea última de la escuela y de todos). Con extrema habilidad, Nöstlinger sugiere la íntima conexión entre los dos aspectos de la lectura, el “táctico” y el “estratégico”, que en realidad son inconcebibles por separado (a tal punto, que el primero se pierde si no se ejercita el segundo). En el cuento que comentamos, Franz comprende que es imposible aprender todas las letras en unas pocas horas y –como es un pícaro– se aprende de memoria tres de los álbumes que suelen leerle en casa para fingir leérselos a Gabi. A fin de que su amiga no descubra el embuste, Franz inventa desde entonces el sentido de cuanto texto su amiga le pone delante. Salta así de la condición de iletrado a la de escritor oral.

 

La capacidad imaginativa de los niños ha sido hábilmente explotada en libros ilustrados como Abuelito, cuéntame un cuento, de María Rojas, y Caperucita Roja (tal como se lo contaron a Jorge), del escritor Luis María Pescetti y el ilustrador O’Kif, todos argentinos. En el primer caso, el niño le pide a su abuelo un cuento, pero basta una pregunta del viejo señor para que el propio nene construya una fabulosa historia. Entre tanto, en Caperucita roja… la imaginación de Jorge no se expresa con palabras, sino con imágenes que construyen un hilarante desfasaje con respecto a las que representan el antiquísimo texto narrado por el padre. Mientras al adulto corresponden modos de vida y formas gráficas (destáquese el color sepia) antiguos y europeos, en la cabeza de Jorge las mismas escenas aparecen con un grafismo actual y multicolor y reflejan modos de vida del lector, contemporáneo y argentino. La cultura de dibujos animados, superhéroes y hamburguesas tiñe todo el “relato mental” del pequeño Jorge, actualizando el venerable cuento y aportando una inteligente comicidad al álbum.

 

Grandes personajes, grandes lectores

 

Los autores que nos presentan personajes amantes de los libros, nos cuentan cuánto significa la lectura en la vida de éstos, pero también ofrecen al lector real una guía de lecturas. El británico Road Dahl va muy lejos cuando la heroína de su novela  Matilda lee, antes de  cumplir cinco años, novelas como Oliver Twist, de Dickens, Jane Eyre, de Charlotte Brontë, Orgullo y prejuicio, de Jane Austin, El viejo y el mar, de Hemingway y hasta El ruido y la furia, de Faulkner o Las viñas de la ira, de Steinbeck. Semejantes libros no tentarán ni siquiera a la mayoría de los lectores de Matilda, que doblan a su heroína en edad.  Evidentemente, lo que Dahl pretende, subversivo como siempre, es decir a los chicos que no hay lectura que les esté prohibida. El diálogo que citamos a continuación solo en apariencia tiene lugar entre dos personajes de la novela; en realidad es el genial escritor británico quien conversa directamente con sus lectores:

 

–El señor Hemingway dice algunas cosas que no comprendo– dijo Matilda–. Especialmente sobre hombres y mujeres. Pero, a pesar de eso, me ha encantado. La forma como cuenta las cosas hace que me sienta como si estuviera observando todo lo que pasa.

–Un buen escritor siempre te hace sentir de esa forma –dijo la señora Phelps–. Y no te preocupes de las cosas que no entiendas. Deja que te envuelvan las palabras, como la música.

 

Enseguida vemos a la niñita, que sus padres abandonan durante todo el día en casa, leyendo ávidamente:

A partir de entonces, Matilda sólo iba a la biblioteca una vez por semana, para sacar nuevos libros y devolver los anteriores. Su pequeño dormitorio lo convirtió en sala de lectura y allí se sentaba y leía la mayoría de las tardes, a menudo con un tazón de chocolate caliente al lado. No era lo bastante alta para llegar a los cacharros de la cocina, pero entraba una caja que había en una dependencia exterior de la casa y se subía en ella para llegar a donde deseaba (…) Los libros la transportaban a nuevos mundos y le mostraban personajes extraordinarios que vivían unas vidas excitantes. Navegó en tiempos pasados con Joseph Conrad. Fue a África con Ernest Hemingway y a la India con Rudyard Kipling. Viajó por todo el mundo, sin moverse de su pequeña habitación en un pueblecito inglés.

 

Matilda, p. 23

 

Creo que pocas veces se ha narrado de manera tan convincente el inmenso placer y el ancho mundo que pueden proporcionar los libros a un niño. Si los maestros, bibliotecarios y promotores de la lectura lograran trasmitir sólo la hermosura de esta escena, podríamos dispensarnos el costo y el esfuerzo de tanta campaña de lectura infructuosa. 

 

En dos de sus novelas, El sol de los venados y Óyeme con los ojos, Gloria Cecilia Díaz sitúa el contacto de sus protagonistas con los libros fuera de sus casas, en el seno de familias con mayor vinculación intelectual que la propia, y éste es un elemento que parece hacer más intensa y transformadora la experiencia. El protagonista de la última novela, Horacio, es sordo y queda deslumbrado al descubrir el poema de Federico García Lorca “El niño mudo” (trascrito íntegramente en la novela), donde se poetiza una discapacidad parecida a la suya.

 

La cuestión de la verosimilitud es algo que inquieta a muchos lectores de narraciones realistas; más aun si están escritas en primera persona y pueden establecerse, entre el narrador (personaje actuante o no) y el escritor rasgos de identidad. En algunos casos el narrador parece ser testigo de los hechos y si bien la cuestión de la verosimilitud puede seguir interpelando, la posible identidad entre autor y narrador puede quedar relegada. En El cuento de Navidad de Auggie Wren, el narrador parece ser el propio Paul Auster, en dificultades para escribir el cuento que finalmente consiguió escribir, puesto que sería el que tenemos en las manos. El supuestamente insignificante proveedor de tabaco del escritor lo salva de su corte de inspiración al contarle un hecho una curiosa anécdota de su vida: una historia de inesperada y casi mágica generosidad (esas son reglas del género) que finalmente el escritor podrá entregar al New York Times.

 

En la página final, Auster nos revela una de las reglas de oro que diferencian un cuento cualquiera de un buen cuento:

 

Me detuve por un momento y estudié a Auggie mientras una sonrisa maliciosa se extendía por su cara. No podría asegurarlo, pero en ese instante tenía una mirada tan misteriosa, tan llena de algún profundo regocijo, que de pronto se me ocurrió que había inventado todo. Estuve a punto de preguntarle si me había engañado, pero enseguida comprendí que nunca me lo diría. Yo le había creído y eso era lo único que importaba. Mientras haya una sola persona que se la crea, no hay historia que no sea cierta.

 

El cuento de Navidad de Auggie Wren, s/p

 

Los libros hay que escribirlos 

 

La escritura no aparece temprano en las tramas de los libros infantiles. Probablemente, fuera de diarios y cartas, y de algún escritor tan egocéntrico como Andersen, raras son las menciones a esta actividad antes de Mujercitas, de Louise May Alcott, donde encontramos a un personaje que siendo todavía menor de edad sueña con ser escritora. La escritura como actividad de un personaje infantil se ha hecho bastante frecuente en nuestra época, debido tanto a la búsqueda de nuevas formas expresivas y a la creciente exposición del autor infanto–juvenil en su obra como a la participación activa que se espera del lector (gracias a la teoría de la recepción, el concepto del lector activo, los talleres literarios infantiles, etcétera). La presencia de la escritura literaria en los libros para chicos podría dividirse en dos tendencias: personajes adultos que escriben y personajes infantiles que escriben o lo intentan.

 

La cubana Hilda Perera se abre las venas en su novela La jaula del unicornio, y las preocupaciones en torno a la creación literaria no son las menos frecuentes en el personaje narrador que le sirve de Alter Ego:

 

Ya he subido el puente levadizo, solté los perros imaginarios en prevención de que alguien venga a interrumpirme, hurgo dentro de mí a ver si algún recuerdo, alguna semilla quiere florecer en mi página en blanco, si me dejan el silencio intacto, si ninguna nimiedad me espanta las ideas que huyen como sábanas solas, ondulando. Escribir es eso: soledad, horario fijo, renuncia… sólo que nadie lo entiende. Sobre todo si eres mujer y hay madre enferma, cuentas por pagar, litigios, amigas tontas y miles de cumpleaños, Pascuas, comidas que te amarran como a un potro cerrero y te arrastran herida por la polvareda.

 

La jaula del Unicornio, p. 74

 

También la argentina Laura Devetach nos presenta a una escritora que se le parece en La plaza del piolín, y también a ella el libro en elaboración “se le resiste”. Su enfoque es mucho menos dramático que el de Perera y, como Paul Auster, nos libra algunos secretos de su “cocina literaria”; en este caso el que explica, precisamente, el libro que el lector tiene en sus manos:

 

Celina se rió y sacó el ovillo. Tenía diez mil nudos que unían los pedazos, de todos los colores y texturas (…) Lanas, piolas, hilos, cordoncitos, cintas finas, piolines de plástico y de papel pasaban y pasaban y se convertían en una pelota (…)

–Los cambio de lugar, los vuelvo a añadir. Así me acuerdo de cuando los encontré (…).

–¿Y no se te enreda? ¿No se pierde la punta de tanto envolver y desenvolver?

–No, mire –dijo–. La punta está en cualquier parte.

Cortó una lana color celeste tierra y empezó a ovillarla en un palito. Ahora había tres ovillos.

–Tenés razón –le dije pensando en mi libro–. Cualquier punta puede ser buena.

 

La plaza del piolín, p. 10

 

La complejidad del oficio de escritor ha sido ampliamente recreada por el escritor español Fernando Alonso en su novela El misterioso influjo de la barquillera.

 

A Sito le gustaba jugar al fútbol y al ajedrez, a las canicas y a las chapas; pero su afición preferida era leer libros.

 

Él no sabía explicar la magia misteriosa de los cuentos. No sabía cómo unas cuantas palabras eran capaces de crear tantas ilusiones, tantas fantasías y tantos sueños. No sabía dónde anidaban las raíces de aquel bienestar que sentía al leer un libro.

Sito comenzaba a saber una cosa:

–Lo que más me gustaría en este mundo es poder escribir cuentos

 

El misterioso influjo…, p. 12

 

Pero se le va la infancia en naderías y, ya adulto y con su nombre de Prudencio Pérez, se le escapa la mitad de la vida sin llegar a otra cosa que a contable y “Los ojos de la niña se perdieron hacia adentro, entre las oquedades de aquella palabra, que albergaban todas las sugerencias de las palabras nuevas. Luego, se abrieron en una gran sonrisa: –¿Contable…? Entonces, sabrás contar muchos cuentos…” (p. 26). No, Prudencio no sabe contar cuentos, pero es lo que se propone ese mismo día: abandona su empleo y decide hacerse escritor. Su primer intento es un sonado fracaso (le sale una especie de memorando) que sirve a Fernando Alonso para advertirnos que no basta con tener un tema y una trama para tener un cuento: hace falta tener la forma apropiada.

 

Desde ese episodio asistimos a la adquisición por el protagonista de todos los elementos (esenciales o fútiles, pero no prescindibles) que hacen un escritor: desde un fetiche (la misteriosa barquillera del título), un nombre (Huvez –que parece la abreviación de “Había una vez”– sustituye a Prudencio Pérez), una apariencia (“pantalón vaquero y camisetas con dibujos; camisas blancas, chaleco y pañuelos de colores anudados al cuello. Se había dejado crecer el pelo y las patillas…”), a un oficio (vendedor de barquillos) que le permita sobrevivir sin alejarse de su gran objetivo (al tiempo que vende barquillos, cuenta cuentos en una plaza). El proceso de formación de Húvez es lento y no exento de errores y frustraciones; con él aprendemos que un escritor debe conocer el mundo y las gentes, organizar su trabajo, aprender a jugar con las palabras, hacer las elecciones adecuadas –renunciando a todo facilismo y concentrándose en lo esencial–, explorar nuevas formas de escrituras y, para alcanzar la madurez, saber prescindir de los  mismos ritos y retóricas que en un principio lo arroparon.

 

El misterioso influjo de la barquillera es probablemente la biografía creativa de Fernando Alonso y, como para confirmarlo, encontramos en sus páginas algunos cuentos que este autor ya publicó en otros momentos de su fructífera carrera. Dichos cuentos solo en apariencia apartan al lector de la línea narrativa principal y le dan un mayor nivel de fabulación a una historia que, Alonso no lo ha olvidado, es para chicos. La frase final es casi la misma del principio y nos remite al viejo y siempre eficaz recurso del libro dentro del libro:

 (…) el señor Huvez se sentó a la máquina, puso un folio en blanco y comenzó a escribir:

EL MISTERIOSO INFLUJO DE LA BARQUILLERA

CAPÍTULO 1

Había una vez un niño que se llamaba Prudencio Pérez, pero todos le llamaban Sito…

 

 En las novelas de misterio y suspense la escritura puede, sin dejar de ser motor de la trama, resultar una actividad peligrosa. Pablo de Santis ha jugado más de una vez con esta ambigüedad: 

 

 “Aunque todavía es un autor ignorado, es uno de los más grandes artistas de nuestro tiempo. Nos referimos, por supuesto a Alcides Lancia. Como prueba de su imaginación están los ocho tomos de su obra única, El nictálope. Es una mezcla de cuentos con novelas, con cartas, con diarios íntimos, sueños, delirios… Y es una obra única en más de un sentido, porque Lancia no la escribió con tinta común… sino con su propia sangre. Pudo hacerlo gracias a un artefacto creado quién sabe por quién, y al que Lancia llama la pluma–vampiro.

 

Debido a la pérdida de sangre el escritor se fue debilitando a medida que escribía. Y hace dos años Lancia decidió donar la pluma a una misteriosa institución llamada el Museo del Universo. Al día siguiente desapareció y nunca más se volvió a saber de él”.

 

Lucas Lenz y el Museo del Universo, p. 36

 

Todos los aspectos de la escritura pueden ser integrados en un cuento para niños. El célebre escritor brasileño Jorge Amado acude a la metatextualidad al incluir en El gato Manchado y la golondrina Sinhá: una historia de amor nada menos que una crítica literaria. La obra enjuiciada es un soneto que el gato Manchado ha dedicado a su imposible amor,  la golondrina.

 

“Paréntesis crítico”

ESCRITO, A PEDIDO DEL AUTOR,

POR EL SAPO CURURÚ,

Miembro del Instituto

 

(“La pieza poética en discusión, carece de ideas profundas y peca de innumerables defectos de forma. Su lenguaje no es correcto, la construcción gramatical no obedece a los cánones de los excelsos vates del pasado: la métrica, cuyo rigor se impone, está tratada a los saltos: la rima, que debe ser rica, es paupérrima las pocas veces que nos ofrece su aire de gracia.

Imperdonable, sobre todo, el hecho criminal que se evidencia en el primer cuarteto del aludido soneto de autoría del Gato Manchado, claro y evidente plagio de la inconveniente canción carnavalesca que dice:

La cucaharacha Yayá,

la cucaracha Yoyó,

la cucaracha abrió las alas

y voló.

“El plagiario, a quien acabo de tomar de las orejas para traerlo ante el tribunal de la opinión pública como el ladrón que es, y de los más reprochables por hurtar ideas, no satisfecho con plagiar, lo hace copiando versos de baja extracción, versos del populacho indigno. Si las fuerzas de su intelecto se revelan frágiles para concebir primorosa obra poética, debería, por lo menos, plagiar a los grandes maestros, como por ejemplo Homero, Dante, Virgilio, Milton o Basilio de Magalhães.

SAPO CURURÚ, doctor.”)

 

El gato Manchado y la golondrina Sinhá, p. 58

 

Amado se divierte y nos divierte con esta magistral muestra de ironía. En primer lugar, el sapo Cururú es un personaje del folclor brasileño y su aparición aquí, transformado en “miembro de la Academia y del Instituto, crítico universitario, profesor de Comunicación” tiene la intención apenas disimulada de ridiculizar a cierta crítica retrógrada y verborreica, que desconfía de la literatura moderna tanto como desprecia la cultura popular de la que, como sabemos, Jorge Amado fue un gran defensor.

 

Otro libro que presenta una turbadora reflexión acerca de las relaciones entre la escritura y la realidad es Diciembre, Súper Álbum, de la argentina Liliana Bodoc. Esta novela está integrada por dos historias interconectadas: la de un guionista y un ilustrador de historietas que trabajan en la que será la última obra del primero, y la de los personajes de la historieta. Al mismo tiempo que nos ofrece un relato sumamente perspicaz sobre la vida en los pequeños pueblos del árido noroeste y una vigorosa historia de amor, amistad y lucha por la vida, Bodoc nos da una lección de narrativa experimental. Uno de sus recursos más fructíferos consiste en alternar la perspectiva: unas veces son los personajes “reales” los que miran a los de la historieta…

 

En la última viñeta aparecía en plano medio la cara de Santiago, el hombre que regresaba.

–¿Usted está seguro de lo que hace? –preguntó el dibujante. (p. 10)

 

Otras veces son los personajes de la historieta los que reaccionan frente a lo que hacen sus creadores:

 

…A Santiago le pareció muy extraño que los respetables vecinos de San Jerónimo hubiesen girado un cartel de propiedad pública. Más probable era que el dibujante se hubiese equivocado. (p. 16)

 

Y en ocasiones, se mezclan por completo:

 

El desencuentro giró sobre ese asunto y otros parecidos hasta que el dibujante le preguntó al guionista de qué manera pensaba resolver la situación.

–Muy simplemente. La resuelve Viorica entrando en el momento preciso.

Antes de que el dibujante pudiera contestar, se oyó la voz de Viorica llamando a su nieta.

–Se acabó –dijo el guionista–. Esto sigue como debe seguir.

Pero había un grave problema: Santiago y Natalia ya no estaban allí.

–¿Dónde están?– el guionista se puso francamente nervioso.

–¡No me mire a mi! Yo los dejé dibujados acá.

–¿Qué hicieron estos mocosos?

El dibujante se rió bajito para que Viorica no lo oyera.

 

Diciembre, Súper Álbum, p. 77

 

Paulatinamente, el lector se percata de que la historieta cuenta momentos de la vida del guionista y no tarda en comprobar que los finales de los dos relatos confluyen. No es nada nuevo el hecho de que autor y personaje se confundan, pero en este caso uno y otro son completamente diferentes de la persona de la escritora. Liliana Bodoc ha construido un mundo de espejos que se miran (hay incluso un momento en que el protagonista de la historieta está leyendo la historieta que cuenta su vida) del cual ella estaría completamente ausente si no fuera porque las reflexiones sobre la creación estética que sustentan las discusiones entre el guionista y el dibujante proceden de su propia experiencia como escritora.

 

Los novedosos recursos metanarrativos o metaliterarios utilizados por Jorge Amado, Liliana Bodoc y demás autores son cada vez más frecuentes en la narrativa juvenil e incluso en la infantil. Como hemos visto, no son gratuitos, sino que permiten abordar temáticas que inquietan realmente a los jóvenes. El tratamiento imaginativo que les da Joles Senell en La guía fantástica, permite transformar cruciales problemáticas de la creación literaria en los atractivos relatos mágicos que componen el libro. La situación inicial: un volumen cuyas palabras resultan visibles solo para algunos ojos, y cuya historia es diferente para cada lector, no es particularmente novedosa, pero sí lo son muchas de las situaciones de la historia, como ésta que invierte enigmáticamente la relación entre el autor y su obra:

 

… Este hecho lo descubrió un piloto de avioneta un día que, para entretenerse, atravesaba nubarrones con su aparato. De pronto, entrando en una de aquellas nubes que son como castillos, encontró, en lugar de vapor de agua, selvas y mares y montañas y firmamentos y casas y gente (…) Hete aquí que, estando así, saltó de un árbol un muchacho esbelto, desnudo, con sólo un slip de piel de leopardo y una mona en el hombro (…)

–¿Quién eres? –le preguntó.

–¿Yo? –contestó el muchacho–. Yo me llamo Tarzán y la mona se llama Chita.

–¿Tarzán? ¿Chita? –repitió un poco incrédulo el aviador.

–Sí, sí, Tarzán. Y soy escritor. Todos los que vivimos aquí somos escritores. Yo, con la ayuda de Chita y los otros amigos, escribimos una obra que se llama Edgar Rice Borroughs (…) ¿Ves aquella que habla con un conejo? Pues se llama Alicia, y con la ayuda de mucha gente escribe una obra titulada Lewis Carroll…

 

La guía fantástica, pp. 58-60

 

Niños a la obra 

 

Hasta ahora estuvimos hablando de escritores adultos, pero también hay autores que escogen como protagonistas a niños que escriben. Estos niños pueden tener una necesidad tan perentoria y vital de crear por medio de la palabra escrita como la que experimentan los escritores adultos.

 

Raquel, la protagonista de La bolsa amarilla, de la premiadísima escritora brasileña Lygia Bojunga Nunes empieza escribiendo cartas a amigos imaginarios, luego escribe cuentos y finalmente decide escribir una novela. Lo extraordinario es que su fuerza creativa hace aparecer en la vida real a los personajes que inventa, lo cual le crea nuevos problemas con su retrógrada familia. Esos personajes tienen historias propias que Raquel no conoce, y esto responde no solamente a la lógica del realismo mágico que rige esta novela, sino que es una referencia a algo que, no por sabido, deja de sorprender a todo autor: la autonomía de sus personajes y tramas, capaces de elegir caminos completamente inesperados y sorprendentes. La bolsa amarilla es un poderoso canto a la libertad, a la igualdad y la democracia. La protagonista acaba por comprender que sus dos primeros deseos (ser un chico y ser mayor) eran errados, pues la realización individual y los derechos no pueden ser limitados ni por el sexo, ni por la edad; pero…

 

–¿Y tu deseo de escribir?

–Ah, ése no lo voy a soltar. ¿Pero sabes algo? Ya no pesa nada: ahora escribo todo lo que quiero, y él no tiene tiempo de engordarse.

La bolsa amarilla, p. 153

 

La protagonista de Maritrini quiere ser escritora, del cubano Luis Cabrera Delgado, también es una jovencita que escribe. Como Raquel, es una niña de clase baja que se rebela contra su familia, entre otras cosas, a través de la escritura. Lejos de todo mensaje “políticamente correcto”, Cabrera no teme revelar que Maritini no escribe solo por realizarse, sino por alcanzar la fama. La prosa de la jovencita tiene un tono de sarcasmo que el autor utiliza también para lanzar una que otra pulla contra el mundo de la literatura infantil:

 

Un día mi prima Elena –la única persona a quien le he dicho que soy, o seré, escritora– me dijo que escribiera un libro para niños. A mí me dio mucha pena defraudarla, pues ¿cuándo has oído hablar de un escritor de libros para niños que sea famoso? Bueno… los de antes, pero esos ya se murieron.

 

Maritrini quiere ser escritora, p. 12

 

 

Bibliografía

 

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[1] José Martí


 LIBROS, LECTORES Y ESCRITORES EN LOS LIBROS PARA NIÑOS 

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